Relocalización, ¿el mundo deja de aplanarse?.
La globalización es un hecho innegable y sus efectos en la ricardiana división internacional del trabajo palpables. La guía más accesible para entender ambos aspectos es el famoso “The world is flat” de Thomas Friedman, donde conceptos como outsourcing, offshoring (si no quieres leer el libro y quieres tener una explicación sencilla de ambos conceptos mira aquí) son explicados con numerosos ejemplos reales de empresas que han visto como entre finales del siglo XX y el comienzo del actual, con los imparables avances de las tecnologías de la información (TIC) han rediseñado sus procesos, productos, servicios y negocios para hacerlos globales en el más estricto sentido del término.
Hay dos países que se han convertido en símbolo de esa nueva globalización por su capacidad para atraer gran parte de esos procesos que desde los países más desarrollados se han deslocalizado: China e India.
Ambos gigantes asiáticos han pasado a convertirse, en gran medida, y con una óptica muy generalista, en las fábricas del primer mundo y el soporte de primer nivel de muchos servicios de multinacionales anglosajonas.
Pero el pasado mes de julio una noticia que pasó inadvertida, al menos en España, me llamó la atención: una empresa británica dedicada a los Call-Center repatriaba sus actividades localizadas en Bombay (India) a Burnley (Inglaterra). La semana pasada, otra noticia similar, me hacía pensar en un posible cambio de tendencia en la economía global: la relocalización.
Como decían en mi añorada “Rubicon”: “connect the dots”. Cierto es que la unión de dos puntos puede ser un argumento bastante pobre para probar un retroceso en uno de los aspectos claves de la globalización, pero al menos puede servir como base de discusión sobre el tema.
En los comentarios de la segunda noticia que leí (y que había servido en parte para la misma) enlazaba a un interesante post de la Harvard Business Review sobre el regreso de la industria manufacturera a los EE.UU. Aquí lo reducían a un problema de costes laborales, ya que se espera que la escalada salarial continúe en China reduciendo cada vez más el diferencial con respecto a otras fuerzas laborales. Esto, unido al factor de la productividad pone en duda la rentabilidad de la deslocalización de ciertas industrias en favor de los países desarrollados.
Si a los factores salariales y de productividad le añadimos poderosos incentivos como infraestructuras y suelo barato en áreas industriales-mineras deprimidas, como era el caso de Burnley, y ayudas (y presiones) públicas para repatriar empleos en una coyuntura como la actual, pueden ser el cóctel perfecto para recuperar parte del tejido industrial desaparecido en las últimas décadas y alejar el fantasma de la deslocalización en estos tiempos tan difíciles. Algo que muchas administraciones venderían como un éxito a sus ciudadanos.
Pero también se me ocurren otros escenarios posibles a la luz de esas noticias. ¿Se podrían reforzar esos procesos de deslocalización que trajo la globalización y expandir su red a países que se están incorporando en fechas recientes a los mercados globales como pudieran ser Vietnam o Laos, por poner algún ejemplo? ¿Serán los famosos BRIC los que empiecen su propio ciclo de división internacional del trabajo, alimentando sus cada vez más importantes mercados locales vía offshoring gracias a los países de sus áreas de influencia más cercana en una primera fase e incluso a través de los miembros más desarrollados de la OCDE en una segunda fase enfocada en los productos y servicios de mayor valor añadido?
Quizá se están sentando las bases para que se invierta el famoso “Designed in California, assembled in China”, previo paso de un “Designed in California, assembled in Houston”. El tiempo lo dirá.